“La terrible maldición del oro” que se desató sobre Tajzara

Escrito por  Danitza Montaño T/El País/Agencias Feb 28, 2018

Viscachani es uno de los lugares más fríos de la cordillera oriental de Salta, allá por Santa Victoria Oeste. Todavía no azotan las temperaturas que surcan los 22 grados bajo cero y los vientos cortantes del invierno.

De acuerdo al diario argentino “Uno”, se trata de un lugar sin sombra, ubicado a unos 4.000 metros de altura. Barrio Nuevo, Las Cuevas, Río Grande, San Juan de Minas, Quebrada de Arias, La Falda y los puestos de los pobladores salteños de la etnia colla que trajinan las distancias y los silencios más largos se encuentran en este rincón de Salta. Son gente del cerro, humilde, trabajadora, respetuosa, tímida, generosa y amable.
Llevan nombres de antaño, como Levonsio y Mamerta. Son pocos los cultivos que se dan en la zona, pero hay potreritos de trigo, papa, habas y cebada. Corrales de pirca, acequias, huellas de herradura.
Llamas, vicuñas y ovejas cuidan los pastores, que parecen tener todos los mismos perros. Se ven halcones lanzados en picada y el siempre omnipresente cóndor, despectivamente apodado cuervo por quienes tienen que lidiar con él todos los días, mientras acecha al ganado desde lo alto.
Levonsio Subelza, de 60 años, llega de su puesto en la Quebrada de Arias hasta el viejo cementerio de La Falda, donde descansan los restos de sus padres, don Andrés Subelza y doña Felipa Vilte.
Cuentan los lugareños que el cementerio de La Falda desde el año 2002 quedó en territorio boliviano junto con todos los difuntos argentinos, por lo que los habitantes de la zona aseguran que ya ni los difuntos son suyos. Pero también quedó de este lado la Quebrada de Arias.
Así, los lugareños de Viscachani no sólo comparten a sus fallecidos y algunas zonas sino también una vieja leyenda que hace referencia a una ciudad perdida en Tajzara (Tarija-Bolivia). Este relato aún aterra a argentinos y bolivianos.
La leyenda que los aterra
En el lugar existe una leyenda sobre la Quebrada de Arias, pues muy cerca, figurando ser la sombra de un arbusto, casi imperceptible, está la entrada oculta a una vieja veta de oro. “Nadie entra a la cueva” dice Levonsio.
El miedo del lugareño tiene su sustento un poco en la leyenda y un poco en los hechos. Es que según los pobladores de la zona, en la mina de oro de la Quebrada de Arias la ambición por el oro se paga con la vida.
Eso fue lo que le pasó a un enfermero de la zona, según tres testimonios. “La madre dice que lo mató un susto de la cueva. Se empezó a enfermar y a perder el pelo. Y al final se murió. Por eso no hay que entrar a la mina. Pero él entró y parece que lo que vio lo asustó hasta matarlo”, contó doña Mamerta Subelza.
Levonsio tampoco tiene dudas: “Lo agarró el susto en la cueva y eso lo fue matando”, agregó sobre la historia del desafortunado enfermero salteño, identificado como Luis Peloc.
Sobre el río hay una pared de piedra de grandes dimensiones. Según Levonsio “es de la época de los antiguos, de los Incas”. Los lugareños dicen que ahí hacían la fundición de los metales. Unos 10 metros para arriba, un camino bien asegurado lleva a la puerta de la mina de oro.
Las rocas en ese lugar son distintas a las del resto del cerro. Las piedras tienen un aspecto oxidado y hay cuarzos. La entrada está como derrumbada. Una de las paredes de la cueva está empircada. Una piedra blanca hace de viga natural. Hay un derrumbe en la entrada, pero deja pasar. La vista se pierde hasta las profundidades de la tierra. Pronto el ruido del exterior desaparece y la temperatura cambia abruptamente. Y el silencio es atroz. “¡Hasta ahí nomás señor!”, grita Levonsio. “Es peligroso, ya otros lo han intentado. Es jodido”, agrega.

El castigo del oro
De acuerdo a la investigación bibliográfica realizada por El País el oro de esa mina era cargado por mulas que lo traían para el lado de Bolivia. Cuenta la leyenda que la riqueza llegaba a Tajzara, por lo que sus habitantes estaban bañados de oro. Eran millonarios por esta mina. Sin embargo, la cueva cada vez se hacía más y más grande por dentro.
Según la leyenda, en un día de bodas que celebraban los habitantes de Tajzara llegó a la tierra un enviado de Pachacámac, el dios de dioses de la mitología inca. “El que anima al mundo”, significa su nombre.
Su nombre más popular en nuestro país es “Viracocha”, éste se habría dado cuenta de la codicia que había despertado entre los hombres la lujuria del oro. Por eso mandó a un representante en una misión celestial.
Así, un hombre humilde llegó cuando la boda estaba en su mejor momento y al verlo tan pobre lo sacaron a patadas de la fiesta. Éste muy triste al salir del pueblo encontró a una pastora y le contó que la gente mala de Tajzara lo había despreciado.
La pastora le dio calzado y abrigo, además de comida. En agradecimiento, el mensajero le aconsejó alejarse sin darse la vuelta porque Tajzara sería castigada.
La señora se echó a la espalda a su niño y se fue. A lo lejos ya se escuchaba la bulla, el griterío de la gente y el horror. Una gran tormenta inundaba Tajzara.
La ciudad perdida
En Tajzara también la leyenda es muy conocida y el miedo es latente. Isabelo Colque, comunario de Muñayo (Tajzara) cuenta que donde ahora están las lagunas de Tajzara existía una ciudad, la que habría sido destruida por la maldad de sus pobladores. “Dicen los abuelos que en este lugar antes había una ciudad que se llamaba Sucre, donde había gente mala; un día llegó un hombre pobre a esta zona, con intenciones de solicitar una posada, pero como la gente de ahí era mala, se negaron”, cuenta haciendo alusión a la leyenda.
Agregó que desde ese entonces, muchos de los que viajan y pasan por esa zona en noches de luna llena ven una ciudad en el fondo del agua, que les atrae y que puede enloquecerlos. “Algunos vieron una ciudad en el fondo del agua, que atrae, hay malas horas en las que la gente se vuelve loca”, asegura.
La comunaria Paulina Copa, también cree en lo relatado, pues dice haber escuchado la historia de la mujer de piedra que fue testigo de la desaparición de la ciudad en las aguas de lo que ahora son las lagunas de Tajzara. “Me decían que ‘no me acerque a esas lagunas porque me puedo perder, hay visiones, además que son bravas, por eso no hay que apegarse”, afirma.

Un relato actual
Gualberto Callecusi, quien en algún momento vivió en el poblado de Yunchará, recuerda que el 6 de enero del año 1999, a las cuatro de la tarde se hizo presente en la comunidad de Pasajes para participar en la fiesta de Reyes. Asegura que cuando estaba de regreso fue tentando por la maldición del oro.
“Ese día había adoraciones en una iglesia, me quedé hasta las diez y media de la noche, a las once iba caminando con destino a Yunchará, estaba un poco mareado. A eso de las tres de la madrugada llegué al cruce entre las comunidades de Yunchará, Copacabana e Iscayachi, cuando algo extraño empezó a ocurrir”, cuenta aún muy impresionado.
El comunario asegura que fue atraído hacia las aguas frías de las lagunas de Tajazara a la altura de la comunidad de Pujzara, donde está prohibido nadar. “Iba caminando rápido, quería llegar ya a Yunchará, pero al pasar por las lagunas, por Pujzara, escuché música bonita moderna a unos trescientos metros de mí, me quise acercar porque era irresistible, pero logré pararme y solo decidí descansar”, agrega.
Tras superar la atracción hacia la música, Callecusi siguió su camino a Yunchará, donde llegó alrededor de las cinco de la madrugada del 7 de enero, pero horas más tarde decidió volver al mismo lugar para averiguar de dónde procedía la música que escuchó.
“Al llegar a esa zona no había nada, ni una casa, fue impresionante ver el vacío de ese lugar, ni siquiera había rastros de que algún grupo de personas había estado por ahí. Si hubiera aceptado ir a la música, me hubiera entrado a la laguna y estaría muerto”, finaliza.

Lo que quedó en Bolivia

De acuerdo al diario UNO, ya no hay argentinos viviendo en La Falda. La mitad de la Quebrada de Arias también fue cortada por la línea recta que dejó los corrales de una casa en Bolivia. “Yo he conocido este lugar como argentino. En este cementerio de La Falda está enterrado mi padre, mi madre y mi abuelo que éramos gente de la Quebrada de Arias, parte de Viscachani, Argentina. Todos en este cementerio, todos los abuelos son argentinos. Tengo tíos que vivían en La Falda. Todos quedaron enterrados ahora en Bolivia”, cuenta Levonsio en el campo santo.
Mamerta Subelza busca la tumba de su abuela que ahora está en el vecino país. Ahí también está el puesto y los corrales donde se crió.
“Estos todos abuelitos eran argentinos y ahora están enterrados en Bolivia
Levonsio es nacido en Quebrada de Arias, a dos horas de La Falda caminando por un camino de herradura que últimamente arregla el Estado boliviano y que está pronto a parecerse a un tramo del antiguo Camino del Inca. Hace unos años, según su relato, recibió a unas autoridades bolivianas en su puesto de piedra, adobe y paja. “A usted señor le han hecho una denuncia. Usted no quiere darse a Bolivia, no se ha presentado en las reuniones, no ha cumplido con las obligaciones, ni las prestación que hay que dar para arreglar los caminos, ni nada”, contó.
Según UNO, frente a su casa clavaron un palito blanco que marca el trazado imaginario de la línea recta. Sus potreros de siembra quedaron en Bolivia y nunca más pudo hacer uso de ellos. Vive en La Quiaca, Jujuy, como muchos de los que perdieron sus tierras.