Para entender el trabajo sexual y a las trabajadoras sexuales

Escrito por  ROBERTO PATIÑO / EL PAÍS EN Nov 09, 2014

La sociedad muchas veces reproduce e intensifica prejuicios y preconceptos sobre las trabajadoras sexuales y su actividad, lo que no ayuda a construir miradas comprensivas, que tengan en cuenta que son mujeres con voz, y capacidad de decidir sobre sus propias vidas.

Por esta razón la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (TraSex) elaboró un documento para entender los temas concernientes al trabajo sexual y poder derribarlas para elaborar formas comunicativas más acordes a la realidad que viven las trabajadoras sexuales, desde una mirada inclusiva y que respete los derechos humanos.

Vulneración
El documento también reafirma que en cualquier vulneración de los derechos de mujeres, niñas y adolescentes se respete la perspectiva de género, se colabore con la creación de un ambiente favorable para la víctima, se dé voz a protagonistas diversos, se respete la decisión de la persona afectada o involucrada y se tengan cuidados que hacen a la forma de tratar y de nombrarlas.
Por ejemplo, las trabajadoras sexuales tienen los mismos problemas que cualquier mujer en cuanto a las dificultades para negociar el uso de un condón (con los clientes o con las parejas) o en cuanto a las complejidades que implican los arreglos domésticos de cuidado de las hijas, los hijos y de la economía.
La denominación trabajadoras sexuales condice con la necesidad de quitar la pesada carga que hay sobre las palabras “sexo servidora”, “prostituta” y “puta”, entre otras, que se utilizan como insultos, tienen interpretaciones peyorativas y condensan un conjunto de estigmas que juegan fuertemente en su contra.
Ellas son trabajadoras sexuales. No son “prostitutas” ni “putas” ni “trapos” ni “jineteras” ni “cueros” ni “rameras”. Ejercen el trabajo sexual. No están “en situación de prostitución” ni se “prostituyen” ni “venden su cuerpo por dinero”.
Son trabajadoras, también, por pertenecer a la clase trabajadora y dedicarse a su oficio para satisfacer las necesidades propias y de sus familias, como cualquier otro trabajador y trabajadora.
En las últimas décadas se ha ido incorporando el lenguaje y las denominaciones correctas para otros colectivos como las/los compañeras/os lesbianas, gays, bisexuales y transexuales — LGBT—; los pueblos originarios, etc. Sin embargo, su derecho a auto-determinarse como trabajadoras sexuales y ser reconocidas con esa definición, no ha generado tantas respuestas positivas.
¿No es este, acaso, una consecuencia de prácticas machistas y que busca reproducir determinados roles de género? ¿No está esto relacionado con el hecho de ser mujeres que rompen ciertas barreras de doble moral que esta sociedad reproduce?
Según el texto, las trabajadoras sexuales están “confinadas” a secciones fijas de los medios de comunicación, son parte de los apartados policiales o los de salud; se aborda esta temática con una cuota especial de morbo y de falta de respeto sobre su privacidad y su cuerpo; se les preguntan cosas muy íntimas y se las fotografía y filma sin consentimiento previo.
Hay una tendencia marcada a considerarlas delincuentes, consumidoras de drogas y alcohol, foco de transmisión de enfermedades, entre otros mitos. Sin embargo, aunque son consideradas “delincuentes” o “criminales”, no protegen su identidad en las coberturas en vivo, y muestran sus caras y cuerpos sin saber cómo esto puede afectar su vida.
Es necesario no reproducir esos estigmas y que las llamen por su identidad de trabajadoras. Son personas, mujeres y hombres que ejercen el trabajo sexual, adultas/os, con decisión y características específicas. Reproduciendo estereotipos, y tratándolas y llamándolas de manera equivocada, olvidan el hecho de que son seres humanos que, en este momento de sus vidas, ejercen este trabajo.

Preconceptos
El texto plantea algunas ficciones que se reproducen cuando se refieren a su colectivo o a su trabajo. Por ejemplo, el mito del “foco de infección”. A pesar de su mayor vulnerabilidad frente a las infecciones de transmisión sexual (generadas por la clandestinización, la marginación, la dificultad para acceder a servicios de salud, etc.) las trabajadoras sexuales han disminuido la Prevalencia de VIH en la población y realizaron campañas de prevención entre ellas.
El “mito de la maldad, la adicción y la criminalidad”. Estos prejuicios infundados, se construyen sobre la base de considerarlas “indignas e insertas en actividades prohibidas”. Siempre es necesario remarcar que el trabajo sexual no es ilegal ni indigno, sino que son indignas las condiciones de su realización por la situación de falta de regulación y normas que lo reconozcan como un trabajo.

El mito de “si están entre paredes es mejor”

 Su trabajo tiene diferentes espacios de realización, uno de ellos es el de “puertas adentro” en whiskerías, bares, pools, etc. Dentro de esos espacios, generalmente se trabaja para un patrón o empresario que decide sobre sus horarios, e incluso, muchas veces impone las tarifas y las condiciones de realización del trabajo. Por eso, “encerradas es mejor” es un mito que sólo beneficia a unos pocos que lucran con su actividad, y no a las trabajadoras sexuales en sí.

Salvación
Las trabajadoras sexuales no quieren ser “salvadas” ni deben ser “reinsertadas” o “reeducadas”. No están por fuera de la sociedad ni quieren dedicarse a emprendimientos de costura o de cuidado de ancianas, ancianos, niñas ó niños.