"América no pagará más facturas de Wall Street"

Escrito por  Jul 22, 2010

Washington/Agencias.- Barack Obama ha convertido ayer la solemne ceremonia de firma de la ley de reforma financiera -histórica por su dimensión y por su significado- en un acto de reivindicación de su política económica, discutida por los expertos, incomprendida por la opinión pública y abiertamente rechazada por la clase empresarial.

Para esta gran oportunidad se invitó a una extensa representación del Congreso y del mundo económico -desde las víctimas de la especulación a los banqueros que crearon el desastre de 2008- y se escogió, paradójicamente, el gigantesco edificio Ronald Reagan de Washington. Allí donde se recuerda el nombre del presidente que identificó al Estado como el principal obstáculo para el desarrollo y procedió a una masiva desregulación, Obama ha convertido en ley la más invasiva intervención del Gobierno en Wall Street en 70 años.

Es una ley que no solo constituye una gran victoria política de Obama, sino que ejemplifica perfectamente su pensamiento económico. "Esta reforma representa la mayor protección de la historia a los consumidores de productos financieros", ha dicho el presidente en el acto. "Los reguladores", ha añadido, "solo tendrán una misión: proteger a los ciudadanos, no a los grandes bancos, no a los prestamistas, no a las firmas de inversión. El pueblo americano nunca más tendrá que pagar la factura por los errores de Wall Street".

La ley, entre otras medidas, recorta considerablemente la capacidad de los bancos de hacer inversiones de riesgo, otorga mayores poderes a las autoridades para actuar en una entidad financiera a fin de prevenir su colapso, impone mayores controles sobre los créditos hipotecarios y reduce el margen que las empresas tenían hasta ahora para imponer tasas en las tarjetas de crédito.

Es el manifiesto de un presidente y de un equipo económico que confían en los recursos del Gobierno para crear las condiciones que eviten una repetición de la crisis que el sistema financiero, por sí solo, fue incapaz de resolver hace dos años. Es, en definitiva, el manifiesto de un político que cree en el papel del Estado.

Sus principales decisiones desde que llegó a la Casa Blanca confirman esa visión: un plan de estímulo económico de 800.000 millones de dólares, una reforma sanitaria que crea una nueva y enorme burocracia pública para proteger a los pacientes y, ahora, esta reforma financiera. Eso, sin contar, con la intervención en las empresas automovilísticas -antes al borde de la quiebra, ahora en beneficios- y con el proyecto de reforma energética que ahora mismo se debate en el Congreso y que abrirá otro extenso campo para la actuación pública.

Todo eso le ha merecido el aplauso de los economistas de izquierdas -Paul Krugman que le decía el pasado fin de semana que haga oídos sordos a las críticas-, pero no el reconocimiento general. Un 56% de los norteamericanos, según una encuesta hecha pública ayer por la universidad de Quinnipiac, desaprueba la gestión económica de Obama mientras que solo un 39% la apoya.

La explicación a esas cifras seguramente está más vinculada a la timidez del ritmo de crecimiento y de la creación de empleo que al debate sobre el modelo económico. Pero lo cierto es que todos esos logros legislativos no han servido, en parte porque sus efectos no son de repercusión inmediata, para fortalecer su figura frente a quienes sí se le han puesto enfrente como verdaderos rivales: los empresarios.

Un grupo de destacados economistas, entre ellos Joseph Stiglitz, Robert Reich y Laura Tyson, firmaron el lunes una declaración animando al presidente a continuar por esa vía ya que, a su juicio, el declive en la demanda y la pérdida de confianza del consumidor son de tal dimensión que no pueden compensarse solo con actuaciones monetarias.