Con lo que nos quede

Escrito por  Ene 31, 2018

El 18 de noviembre de 1994, Itzhak Perlman, el violinista, entró al escenario para dar un concierto en el “Avery Fisher Hall”, del Lincoln Center de la ciudad de Nueva York.

Él tuvo polio cuando fue niño, tiene ambas piernas sujetas con bragueros y camina con muletas. Aflojó los sujetadores de sus piernas, tomó un pie hacia atrás y extendió el otro hacia adelante, se inclinó y levantó el violín, lo puso bajo su mejilla, hizo una señal al director y comenzó a tocar.
Justo cuando terminaba sus primeras estrofas, una de las cuerdas de su violín se rompió. Pensamos: “tendrá que levantarse, ponerse los bragueros, levantar las muletas y arrastrarse, ya sea para encontrar otro violín, u otra cuerda”.
Pero él no lo hizo. En su lugar, cerró sus ojos y luego hizo la señal al director de comenzar nuevamente. La orquesta comenzó, y él tocó desde el punto en el que se había detenido. Y tocó con tanta pasión y tanta pureza, como nunca lo habíamos escuchado antes.
Todo el mundo sabía que es imposible interpretar un trabajo sinfónico con sólo tres cuerdas. Pero esa noche Itzhak rehusó saberlo. Cuando terminó, hubo un gran silencio en la sala, y entonces la gente se levantó y lo aclamó.
Él sonrió, se secó el sudor y luego dijo, no con presunción, sino con reverencia. “Ustedes saben,… algunas veces… la tarea del artista es descubrir cuánta música uno puede hacer con lo que aún le queda”.
Así que, tal vez, nuestra tarea en este mundo sea hacer música, al principio con todo lo que tenemos, y luego cuando eso no sea posible, con todo lo que nos quede.