De mazamorras, explosiones y carnaval

Escrito por  AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ Feb 19, 2018

Las dos últimas semanas han sido tristes y terribles. Desbordes de ríos, mazamorras, pérdidas humanas, de bienes y de sueños y un extraño evento relacionado a la explosión de una garrafa han ensombrecido los festejos carnavaleros. Muchas voces se han alzado para pedir la suspensión de esa celebración, y otras han criticado ácidamente, y para mi gusto, en forma mojigata, el que el carnaval de Oruro no hubiese parado después de esa atroz explosión en la que murieron ocho personas.

Aunque el carnaval no es un festejo que me mueve el corazón, estoy convencido de que se trata de un interesantísimo evento, (más allá de que eso de “patrimonio inmaterial” me suena a paternalismo unesquiano), tanto desde el punto de vista antropológico como religioso, y por ende turístico y económico, y creer que se puede suspender una dinámica de esas dimensiones es más absurdo que querer hacerlo.
No es falta de empatía con quienes sufren las inclemencias del tiempo en los más diversos rincones del país, ni por las familias que han perdido seres queridos en ese terrible hecho que todavía no está suficientemente estudiado para saber qué es exactamente lo que pasó. Es empatía para todo un conglomerado humano que apuesta de las más diversas maneras para algo que más que una fiesta, es un modo de vida, tanto desde el punto de vista económico, de ganarse unos pesos que redondeen los ingresos del año, como desde un punto de vista ideológico, en el verdadero sentido de la palabra.
Los terribles desastres naturales que se han vivido estos días en los alrededores de Cochabamba, de Tupiza y en sectores del departamento de La Paz, han despertado una actitud muy crítica a las administraciones regionales. Creo que es importante tener una mirada clara respecto a lo que hacen esas autoridades para aminorar, o para no empeorar ciertas circunstancias, pero creo también que politizar un fenómeno natural es uno de los peores favores que nos podemos hacer, precisamente porque eso solo aportará a nuestra ya lamentable inmadurez política.
Desastres naturales hay en todo el mundo y Bolivia no es una excepción precisamente por los extremos en cuanto a climas y zonas geográficas que tiene. Eso lo sabemos desde siempre. Hay fenómenos que se pueden mitigar. Hay errores concretos, como por ejemplo construir muy junto a un río o muy al pie de una montaña o sobre un acantilado de un cerro de greda, que obviamente, deben ser regulados para evitar desgracias, pero los desastres mayores es muy posible que no tengan que ver con la mano del hombre.
Por el otro lado, el dramático accidente de Oruro, (a menos que se haya tratado de un hecho criminal), posiblemente tiene que ver con un alineamiento atroz de circunstancias, la sumatoria de pobreza, hábitos inseguros y eventualmente alguna falla técnica. Tal vez lo importante sería recapitular desde hace cuánto tiempo que no hay campañas serias para que la gente tenga ideas claras de cómo manipular garrafas de gas. Digo, el Ministerio de Comunicaciones, que de tanto dinero dispone, ¿no podría “ametrallar” con tandas respecto a este tipo de temas? A partir de ahora, por lo menos lo debería hacer.
De tragedias como las que hemos vivido estos días no se aprende suspendiendo un festejo, lo cual no deja de ser algo tan absurdo como confeccionar una bandera kilométrica para presionar al tribunal de La Haya. Se aprende tomando en serio las circunstancias y socializando los peligros. Vale la pena tomar en cuenta lo que hacen las aerolíneas al iniciar un vuelo, ilustrando a los pasajeros, aunque estos conozcan de memoria las indicaciones de seguridad, lo que se debe hacer.
Los bolivianos tenemos que ir aprendiendo a ser más responsables, para nuestro propio bien, pero antes del castigo politizado, lo que vale es crear conciencia.