“Él rechazaba condecoraciones y pedía ayuda para sus soldados”

Escrito por  Sep 14, 2014

Boquerón Multimedia (BM) logró entrevistar al único familiar en primer grado que vive en Bolivia del comandante de la defensa del mítico fortín, Teresa Aliaga Marzana. La nieta del comandante de Boquerón recuerda su vida junto al héroe de la Guerra del Chaco

 

La histórica defensa del fortín Boquerón ha inspirado la mística que  busca encarnar la multimedia que hoy nace en Tarija. La sobrehumana resistencia que un puñado de 619 bolivianos protagonizó contra un enemigo hasta24 veces superior (15 mil hombres) despertó una admiración unánime. Incluso, varios de los jefes militares paraguayos y literatos de la altura de Augusto Roa Bastos les dedicaron conmovedores textos. El sitio a Boquerón es considerado uno de los 10 más importantes de la historia militar del planeta. 

Aquella gesta histórica, más allá del polémico sentido de la guerra, simboliza la decisión de luchar por los ideales hasta el último aliento. También recuerda el aporte de aquellos defensores a la salvación de los recursos hidrocarburíferos que hoy benefician al país. Y, sin duda, enseña una de las más grandes lecciones sobre el cumplimiento del deber. 

Boquerón Multimedia (BM) logró entrevistar al único familiar en primer grado que vive en Bolivia del comandante de la defensa del mítico fortín. Teresa Aliaga Marzana(TAM) recuerda en esta entrevista cómo aquella experiencia quedó grabada en la vida cotidiana de su abuelo, el general Manuel Marzana Oroza.

BM.-¿Cuánto tiempo de su vida compartió con el general Marzana?
TAM.-
 Para empezar agradezco a Boquerón Multimedia por haber tomado ese nombre en homenaje a aquella batalla épica que marca los valores de nuestra historia.
En cuanto a su pregunta, yo prácticamente viví con él desde muy niña porque mi mamá quedó viuda. Entonces mi abuelo, el general Marzana, con el gran corazón que tenía nos cobijó en su casa. Mi hermano Luis y yo vivimos, se diría toda nuestra vida a su lado.

BM.- Entonces seguramente usted presenció reuniones en las que su abuelo departía con los camaradas que combatieron con él en Boquerón. 
TAM.-
 Así es. El frecuentemente se reunía con sus ayudantes de campo, como el mayor Alberto Taborga o don César Novoa Cadena, y también con sus soldados.Él quería, apreciaba mucho a sus soldados y siempre reclamó para que los Gobiernos les brinden mejores condiciones vida.

BM.- ¿Es cierto que en una oportunidad rechazó la oferta de condecoraciones en reclamo por la pobreza que afectaba a los ex combatientes de Boquerón? 
TAM.-
 Sí, el les dijo: “De qué me sirve estar yo con medallas, si mis soldados caminan las calles empobrecidos y abandonados”.Sus reclamos, afortunadamente, lograron con el paso de los años ser de alguna manera escuchados. Les brindaron algunas mejoras.

BM.- ¿Todos los defensores de Boquerón ya han fallecido?
TAM.-
 Sí, a principios de este siglo fallecieron los últimos héroes de Boquerón.

BM.- ¿Qué es lo que más recuerda de las reuniones de los combatientes de Boquerón?
TAM.-
 Se reunían especialmente cada septiembre, en recuerdo a los días del cerco. Hacían una misa de campaña en la Catedral y luego iban a su sede en la calle Catacora de La Paz. Allí cantaban la célebre y conmovedora canción que se les ha dedicado. Luego rememoraban las anécdotas tristes e incluso algunas graciosas de la batalla.

BM.- ¿Puede contarnos alguna de esas anécdotas que le haya quedado especialmente grabada?
TAM.-
 Ellos recordaban que cuando ya se les había acabado el agua procedieron a la práctica de beber sus orines.Señalaban que el pozo de agua del que se abastecía el fortín ya no era posible usar porque se hallaba contaminado por los cadáveres que flotaban allí.También contaban cómo, cuando se les acabaron los alimentos, optaron por hacer coser los cascos de los caballos y bebían esa sopa.

BM.- Probablemente su abuelo experimentaba algunos momentos de profunda emoción al recordar lo sufrido en el cerco. ¿Cómo reaccionaba él?
TAM.-
 Recordaba él esos momentos con mucho dolor porque él decía “nos dejaron solos”. Señalaba: “Si hubiéramos tenido ayuda, colaboración, nos entrábamos hasta Asunción”. Valoraba así el hecho de que 619 bolivianos hubiesen frenado las acometidas de más de 15.000 enemigos durante más de tres semanas.
También mi abuelo se acordaba de la sorpresa que demostraron los paraguayos al ver que en Boquerón sólo había un puñado de hombres. No salían de su asombro mientras advertían que esos contados defensores habían diezmado a cientos y cientos de atacantes, entre ellos, lo más granado de la Escuela Militar de Asunción. Lamentaron eso y también admiraron esa epopeya.
Algo también muy conmovedor de aquellos recuerdos que mi abuelo contaba es la llegada a la capital paraguaya como prisioneros. La gente los veía emocionada porque eran “cadáveres” andando. Y mi abuelo relataba que un muchachito se desprendió de las manos de su madre y entonces gritó: “¡Viva Marzana!”. Recordaba que entonces toda la gente se les acercó y empezó a regalarles dinero, cigarrillos, comida… Eso contaba mi abuelo muy emocionado, remarcando que lucharon hasta quemar el último cartucho.

BM.- ¿Cómo fue el recibimiento cuando ellos volvieron a Bolivia? 
TAM.-
 El recibimiento fue apoteósico cuando volvieron después del cautiverio (en Paraguay) y su recuperación en la Argentina. Incluso, según él contaba, con algo de envidia. Ello porque el retorno, que empezó por Tarija y luego a Tupiza vía tren, fue programado para que pase de noche por las poblaciones importantes para que no les hagan recibimientos. Sin embargo, la gente se dio modos para esperarlos, iba a dormir a las estaciones. Les hicieron muchos homenajes. 
Incluso en La Paz llevaron en andas a mi abuelo y pidieron que él sea Presidente de Bolivia. Él recordaba que rechazó el pedido, señalando que sólo cumplió su deber. Decía que su negativa despertó silbatinas.Luego se dedicó a la docencia en el Colegio Militar.

BM.- ¿Cuándo y en qué circunstancias murió su abuelo?
TAM.-
 Murió el 4 de enero de 1980 a la edad de 90 años. Tuvo una dolencia prolongada, y problemas de la edad también, que lo postraron en cama durante sus últimos 6 a 8 meses. Estuvo siempre rodeado de la familia. Dos años antes le hicieron homenajes durante el Gobierno del general David Padilla. En 1980 la Presidenta Lidia Gueiler le otorgó el Cóndor de los Andes y otras condecoraciones. Las recibió en casa. Y en cada ocasión él les repetía que más que condecoraciones quería que los gobernantes no se olviden de aquellos soldados que habían combatido en la guerra.  

RAFAEL SAGÁRNAGA LÓPEZ/EPeN