Tiempo de pensar

Feb 16, 2018

El último embate de los paladines del pensamiento único sobre la República Bolivariana de Venezuela ha encendido las alarmas. El Grupo de Lima se ha pasado de frenada y ha creado el escenario para promover una intervención militar en suelo Latinoamericano que sus habitantes repudian. Una docena de Gobiernos latinoamericanos de todo pelaje y con un denominador común: su subordinación cultural al poder hegemónico de Estados Unidos, han traspasado las fronteras de la decencia latinoamericana que tantas décadas está costando construir para presentarse al mundo como un mero apéndice.

Lo que en círculos intelectuales ha empezado a denominarse como “restauración conservadora” latinoamericana parece estar dispuesta a enterrar todos los avances en la soberanía continental que muy tímidamente se había logrado enraizar con proyectos como la Unasur y la Celac para entregarse a fondo al proyecto imperialista norteamericano. Ni siquiera la elección del presidente-empresario Donald Trump, nacionalista en su gestión interna y con el mismo libreto que todos sus antecesores (American First) para abordar las cuestiones internacionales y al que se le agradece lo explícito de su desprecio frente a otros que charlaban lindo y aspiraban a lo mismo, ha cambiado los planes trazados por los poderes fácticos en las diferentes regiones.
No estamos, amable lector, justificando los desmanes ni tintes autoritarios que tal o cual Gobierno hayan podido cometer en su afán de mantener el poder. Somos bien conscientes que en la deriva del ejercicio del poder desde una óptica latinoamericanista, de construcción del Estado nación, se han cometido numerosos errores que, en la mayoría de los casos, se han pagado caro y le han costado demasiado al proceso. Marcelo Gullo, uno de los intelectuales más lúcidos de la Patria Grande y que ya está proponiendo un nuevo proceso de revisionismo histórico para recuperar el timón de la soberanía nacional, ya advirtió que la incoherencia moral con el discurso es el que esencialmente ha provocado el resquebrajamiento del proceso constructivo y amenaza ahora con dilapidarlo con más vehemencia con la que la revolución soberanista latinoamericana derrocó a los líderes de los 80 y 90 que provocaron el descarrilamiento continental.
En Bolivia el Movimiento Al Socialismo alcanzó el poder en el año 2006 enarbolando las mismas banderas de soberanía y dignidad de décadas anteriores y quemadas por las décadas de neoliberalismo secante. Evo Morales y la agenda de Octubre. Nacionalización. Ciudadanía. El MAS no era socialista. Nunca ha sido socialista. Hoy sigue sin ser socialista a pesar de estar cada vez más alejado de las organizaciones que no podían ser socialistas.
El MAS fue el último traje que se enfundaron las mismas pulsiones que motivaron a Germán Busch, a Paz Estenssoro, Siles Zuazo, etc, etc. La influencia de Álvaro García Linera sobre el proyecto lo ha ido convirtiendo en una suerte de capitalismo de Estado en connivencia con los mismos poderes fácticos de toda la vida, donde los pobres siguen siendo pobres pero menos, porque emigran a las ciudades y los ricos siguen siendo más ricos. Donde los bancos multiplicaron sus beneficios en un 600%. La revolución nacional no llega y nuestros recursos se encogen mientras nuestro tejido productivo sigue empobreciéndose ocultado bajo el manto de la macroeconomía y la cuenta de resultados de los grandes.
El proyecto soberanista de dignidad nacional sigue intacto en algún lugar donde se quedó mientras los jerarcas empezaban a competir por el usufructo del poder. El MAS se ha vaciado de revolucionarios creativos y comprometidos y se ha llenado de útiles tecnócratas y entusiastas advenedizos que le han dado una nueva fisonomía al partido y sobre todo, al proyecto. Mientras tanto, la oposición más tradicional se mantiene inmóvil en su rincón, buceando entre argumentos del pasado y sin capacidad para innovar ni acertar con las banderas que izar.
El empeño de mantener la candidatura de Evo Morales a toda costa, da argumentos a aquellos que plantean suicidios del tamaño de la intervención armada en Venezuela por potencias extranjeras. Y ya no va solo de rostros, sino que la aritmética empieza a sonrojar. La cuestión ya no va de imágenes, los bolivianos empiezan a decidir qué proyecto quieren abrazar.